Los últimos años de Independiente han pasado de la decepción a la ilusión y viceversa. Muy alejado de las épocas de gloria de los 60 a los 90, donde se dieron tantas vueltas olímpicas como años vividos. Pero ese hermoso tiempo se esfumó y la ansiedad por la falta de títulos, con un descenso incluído, hace que la ansiedad devore al más pintado.

Para muestra vale lo que pasó entre la derrota (0-1) contra Atlético Tucumán por la Sudamericana y la victoria (3-1) frente a Huracán en el inicio de la Superliga. El martes a la medianoche era todos lamentos y con la ida de Rigoni parecía no haber chances de nada. Ningún jugador servía y había que reforzarse de mitad de cancha hacia adelante.

Cuatro días después la actuación ante el Globo, del siempre mezquino Alfaro, lanzó una catarata de elogios desmedidos y hasta se olvidaron de las incorporaciones que la mayoría de los hinchas pedían. Benítez, quien el martes definió con un balde en la cabeza, pasó a ser preocupación por su posible salida al Brujas de Bélgica. Domingo, de ser un relleno pasó a ser rubio y de ojos celeste como Marangoni. Detalles del momento que se vive en el CAI cada 90 minutos. Por eso, lo más importante que tiene hoy para mantener la ilusión de volver a ser el gigante que fue es la convicción del equipo de seguir jugando como lo viene haciendo desde la llegada de Holan y su cuerpo técnico. Porque más allá de los apellidos, se nota que hay convencimiento y el DT con su gente sabe que quiere. Entonces, para lograr los objetivos, lo primordial es mantener la convicción a pesar de que a veces no se logren los resultados que uno espera.

En estos ocho meses, Holan se ganó el respeto de propios y extraños. Por supuesto que hubo errores, muchos menos que sus grandes aciertos, pero siempre tuvo la rapidez para reaccionar sin traicionar su idea. Desde ahí renace la esperanza de que el Rojo está haciendo pie para que de una vez por todas deje atrás eso de “donde venimos” para gritar “siempre fuimos esto”.