La postal es de festejo. Pero el que podría haber sido nos deja sin palabras por varios segundos, al reconocer que detrás de una jornada de triunfo transitó la posibilidad de un final alternativo tan perturbador como trágico. En la tierra del sol naciente, el Club Atlético Independiente pudo haber vivido una pesadilla.

Primeros meses del año 1995. Los muchachos de Miguel Ángel Brindisi dejan suelo argentino para partir rumbo a Japón. El objetivo es hacerse con la Recopa Sudamericana frente al Vélez Sarsfield de Carlos Bianchi. Pionero en las nuevas tecnologías y reconocible por la impecable puntualidad de su gente, el Japón parecía ser un plató perfecto para un nuevo galardón independentista. Las presiones del torneo doméstico se acallaban y el panorama del Estadio Olímpico de Tokio ofrecía tanto expectativa como serenidad. Fue sobre el césped de aquel sitio que el 9 de Abril El Rojo venció por 1 a 0 a los de Liniers, obra de un tanto de José Tiburcio Serrizuela. En aquel cotejo, los de Avellaeneda formaron con Luís Islas; Juan Carlos Ramírez, Claudio Arzeno, Serrizuela, Guillermo Ríos; Diego Cagna, Raúl Cascini, Daniel Garnero, Jorge Burruchaga; Albeiro Usuriaga y Sebastián Rambert. El once que, victorioso, se adueñó de la copa y la trajo para la ciudad de Avellaneda.

Sin embargo, coexistían con la preparación y el desarrollo del partido una realidad preocupante en la capital nipona. Estamos hablando de casi 25 años atrás, en donde el internet era un lujo y la globalización aún no nos había articulado la posibilidad de saber todo de todos donde sea que estén. En Argentina apenas se escuchaban las noticias de que Tokio estaba bajo ataque de un peligroso grupo terrorista que la fuerza policial de Japón aún estaba buscando desbaratar en su totalidad. Se trataba de la temible secta Aum Shinrikyō.

Posicionándose como poseedora de una “verdad suprema” y con constante predica en torno a una nueva sociedad que surgirá tras un desgarrador final con tintes apocalípticos, su perturbador líder  Shoko Asahara se autoproclamaba como el Nuevo Cristo, colocándose en un plano divino y entremezclando su oratoria religiosa, vinculada al budismo y al cristianismo, con técnicas de lavado de cerebro, desgaste físico y aislamiento que le otorgó la posesión de un enorme grupo de seguidores cuya fidelidad hacia él se sumergía en terrenos extremistas. El motor era la profecía del fin de la existencia, solo sobreviviendo quien obedezca los deseos del extraño líder.

Con su propio ejército coptado tras una estricta labor que le tomó casi una década, Asahara orquestó un trágico atentado que tomó lugar el 20 de Marzo en 1995, en la hora pico del metro de Tokio. Discípulos suyos esparcieron gas sarín a lo largo y ancho del sitio más transitado durante la jornada laboral japonesa. El resultado fue devastador: 11 personas fallecieron y más de 1000 sufrieron daños severos, principalmente en el sistema respiratorio y en la vista.

Los investigadores iniciaron la búsqueda de respuestas, logrando capturar a los perpetradores y atando cabos para llegar a Asahara. La secta fue analizada, desarticulada y, finalmente, encarcelada, con su líder inclusive. Al allanar su propiedad, el resultado dejo boquiabiertos a las autoridades: El atentado al metro no era un hecho aislado, sino el primero de una serie de siniestros que llevarían a cabo los miembros de Aum Shinrikyō durante las siguientes semanas. Esto incluía emplear gas sarín nuevamente, esta vez para rociar con un helicóptero militar de su posesión a la ciudad de Tokio en su totalidad.

Para que cobren sentido de la ubicación, el estadio donde jugó Independiente estaba a solo diez minutos en auto del sitio del atentado. Cuando arribó El Rojo a suelo japonés, días luego a la masacre, las medidas de seguridad sumamente estrictas sorprendieron al plantel, que poco sabía del alarmante presente que atormentaba a la nación asiática. De no ser por el magistral aparato de las fuerzas de seguridad, sumado a una eficaz investigación que decapitó al perturbador grupo terrorista, la catástrofe vivida en la mencionada ciudad pudo haber sido de características aún peores a lo sucedido en la estación.

Aún con Asahara – y la totalidad de sus miembros referentes – arrestado, la secta continuó operando en el mayor de los silencios. Se escondió (aún más) en una estratégica clandestinidad y diseminó su logística en diferentes partes del mundo. Sin perder su presencia en su país natal, hay reportes de operaciones de menor calibre tanto en Europa Oriental como en la península ibérica y en los Estados Unidos.

Lo más perturbador de todo esto es que el perturbador líder sigue vivo, esperando desde su sentencia final en 2004 la ejecución de muerte en la cárcel de mayor seguridad de Tokio. En el mientras tanto, se encuentra totalmente incomunicado. Los daños que ha causado, sin embargo, aún estremecen con tan solo leerlos.