El reloj marca las cinco de la mañana pasadas. Los oídos se encuentran aturdidos y las piernas altamente cansadas. Ya no se baila. Los más valientes continúan de pie, pero se encuentran al borde de desvanecerse, apoyándose en alguna pared azarosa. El resto, se hunde en los sillones del lugar, mareándose por las luces y ojeando los celulares, esperando vaya uno a saber que noticia tempranera.

El alcohol empieza a bajar y la realidad pega como el sol en el horizonte. Los ojos cansados dibujan la función de cierre del boliche. Largas filas comienzan a enfilar para los molinetes de salida. Y los estómagos rugen: La ingesta de Fernet, vodka y tequila, complementados con remixes de dudosa procedencia, abren las puertas del hambre. Y no cualquier hambre: Sino la auténtica gula compuesta por el deseo de comida chatarra. El bajón así se desenvuelve en los paladares juveniles.

Panchos, sánguches de vacío y hasta shawarma corren por el sendero de la banda de lo salado. Churros, donuts y medialunas sacian las ansias de los que prefieren lo dulce. Y para este escrito, vale la pena centrarnos en un bajón en particular: Los patys. El debate por las hamburguesas puede tornarse sangriento (?) cuando las preferencias en torno al tipo de pan-carne-condimentos-pan  se ven motivadas por el hecho de que cerca del boliche residen dos locales de las principales franquicias de hamburguesas a nivel mundial. Cerca, hay un McDonald. A la misma distancia, un Burger King.

Quienes defienden la causa del payaso Ronald caen rendidos ante el sabor de las hamburguesas de aquel local, caracterizada por el esencial sabor del queso cheddar entremezclado con los condimentos, pan suave y exacta cantidad de lechuga y cebolla. Los que alzan la bandera de la tierra del Whopper confiesan su debilidad en la carne crocante y de cocción magistral, sumada a las papas fritas con mayor sabor que su competencia.

 

Conectar el arte de las hamburguesas con el Mundo Independiente puede parecer un desafío, a excepción de los que solemos clavarnos un sagrado paty en las inmediaciones del Libertadores de América. Pero, amigos, en Informe Independiente tenemos siempre a la dimensión desconocida en torno a El Rojo. Porque en la gran enciclopedia de nuestro club, paty… fue un jugador. Nos referimos al entrañable Maximiliano Paty Herrera.

 

Riojano de nacimiento, en 2014 –durante Era Jorge Almirón- asomó en el primer equipo tras hacer buenas migas en inferiores. Delantero de 21 años, su poco más de metro ochenta iba de la mano con sus fornidos 98 kilos de peso. Quienes lo vieron desplegar su juego se sorprendían. “Es un toro”.

Herrera nunca llegó a jugar en la máxima categoría, pero sus imágenes como miembro de la plantilla aún yacen en internet. Su trayectoria la continuó en el under de nuestro país, pero desde este humilde espacio, repetimos que no olvidamos los días de Paty Herrera en nuestro equipo.

Che, ¿sale bajón?