En las almas rojas congregadas en la inmensidad del Maracaná, así también como en aquellos que presenciamos lo ocurrido desde nuestros hogares, una sensación inédita transitó por nuestros cuerpos apenas el referí pitó la final de la vuelta de la final de la Copa Sudamericana: Era un grito que había estado contenido desde hacía tiempo, entremezclado con el desahogo, los nervios tamizados con algarabía y la urgencia placentera de compartir, de tomar las llaves y salir a abrazar a otra alma roja, a correr en medias a la esquina y dejarse inundar por los bocinazos, o quizá mirar a algún rincón ajeno de la noche y recordar a alguien que quizá está celebrando en el paraíso, ¿o más bien en el infierno?

 

En el corazón de Avellaneda nos reencontramos los diablos,que no nos veíamos así de contentos desde el 8 de diciembre del 2010. Una década había transcurrido. Quienes en aquel entonces cursábamos en el secundario y pateábamos las mesas de examen para celebrar, hoy tenemos el rostro barbudo y nos vestimos de camisa. A calles de distancia del epicentro, era la marea de gritos y banderas flameantes desde los vidrios de los autos la brújula que nos orientaba hacia la celebración. Los autos quedaban atrás y, a pie, se comenzaba a correr con los brazos en alto y vitoreando a viva voz. La alegría no distinguía edad ni género. Bebes en brazos y ancianos, jóvenes y adultos, muchachos y muchachas, nadie quería perderse a la historia. La felicidad se debe parecer a ese momento en que las voces se unen en un solo canto, gritando por el campeón. No son voces nuevas en esto de triunfar: Muchos llevaban en sus cuerdas la agonía de los tantos en Libertadores e Intercontinentales. Los más jóvenes trazábamos empatía en torno a la camada de los mayores, mediante esa sana envidia de quienes vieron a Independiente triunfar en diversas ocasiones en América y Japón. Hoy sentimos que, de a poquito, comenzamos a parecernos a ellos.

La pirotecnia no cesaba y familias enteras inmortalizaban su paso con fotografías y videos. Había camisetas rojas por doquier, acompañadas por lo que se tenía a mano: Short y chinelas, joggins y zapatillas. Quien escribe estas líneas se fue en piyama, con la cena a medio devorar y despeinándose sin césar al negar quitarse las manos de la cabeza en símbolo de gloria: Somos campeones de la copa en el Maracaná. Eso que soñaste, sucedió.

A medida que la madrugada tomaba forma y algunos rojos nos aproximábamos a los kioscos para saciar nuestra sed de 30 grados nocturnos, corrió en mi cabeza un pensamiento: La sensación de que, después de mucho tiempo, formábamos parte de algo más profundo que una serie de triunfos. Un proyecto. ¡O más aún! Una historia, una historia con identidad, una historia con hombres con valentía, que construyeron un equipo furioso, calculador y que hizo justificar su peso histórico. De hombres de experiencia. De pibes con unos huevos dignos de gladiadores. Nada había caído del cielo. Tuvimos la fortuna de que todo nos costó mucho. Y en la adversidad de la reconstrucción, logramos abrazar nuevamente a la causa del Rey de Copas.

Todo esto no hubiera sucedido si Ariel Holan no hubiera tomado las riendas del conjunto a principios de año. El periodismo eligió minimizarlo con la caricaturización de sus métodos. Los hinchas –mea culpa- lo observábamos con desconfianza. ¿Cuáles eran sus antecedentes? El trauma de la mala experiencia de un ídolo de la casa, Gabriel Milito, había dejado herida toda percepción. La idea de campeonar era algo surrealista, el desamparo táctico era moneda corriente. Pero un día, todo empezó a cambiar. Y hasta el más ateo frente a la forma de juego propuesta por el entrenador, comenzó a permitirse disfrutar el Independiente que presenciaba. Primero, sonreímos. Luego, volvimos a confiar. Finalmente, por instantes latentes, nos regalamos el disfrute, que tanto habíamos postergado en nuestro sentir.

No solo ganábamos. Gustábamos. Empezamos a desechar los prejuicios y comenzar a escuchar a Holan. El DT se convirtió en El Profesor, porque no tengo ninguna duda que nos dio una lección. Que nos enseñó una nueva forma de ver el fútbol, el sistema, la existencia misma. Este Independiente es más que un equipo de fútbol, es una experiencia colectiva de renovación y gloria. ¿Quién no se pellizcó cuando se alzó la copa en territorio brasileño tras burlar a uno de los titanes cariocas? Sucedió, querido lector. El mejor final. Y la historia más linda.