A medida que nos desenvolvemos en este extraño canal llamado vida, desarrollamos preferencia por un determinado bando de las cosas. Nos envolvemos en la causa de una banda de rock. Levantamos la bandera de un partido político. Hacemos respetar al colegio al que concurrimos frente a banditas de otras instituciones. En esta marea, es usual que por herencia tomemos a un cuadro de fútbol como el elegido para el resto de nuestras vidas, iniciando una profunda relación de amor a por un cuadro y su casaca que perdurara hasta el último de nuestros respiros.

Podemos decir que estos factores conllevan la presencia clave de una pandilla rival. Los Redondos contra Soda. Peronistas y radicales. Instituto Pio XII ante el Colegio San Martín. El folklore existencial le da cierta pica a estos encuentros donde unos defienden lo suyo y los otros no se quedan atrás. No hace falta decir que en el fútbol esto tiene su propia subcultura. Los clásicos son un universo aparte en donde la eternidad importa poco si lo que tenemos en frente es la chance de vencer a nuestros vecinos-rivales de toda la vida.

Imagínense, claro, que esto conlleva la conformación de grupos. Falanges, militantes, escuadras, hinchadas. Hay un sentimiento de hermandad que se eleva por lo alto de todos nosotros, y es sentir pasión por sostener y defender a la misma entidad. Quien se atreva a cuestionarlo, se coloca en la vereda de enfrente a nosotros, ¡y pobre de quien traicione a la causa! Un peronista que se afilie a la UCR será desterrado, un ricotero cantando Persiana Americana es algo confuso y un muchacho que canté contra su colegio junto a pares de otra institución será visto como un huésped en su propia aula. ¿Y en el mundo de la redonda? Emigrar de un club a su clásico rival es uno de los símbolos de carencia de ideales para con la camiseta que uno supo defender, quedando inmortalizado como alguien que le dio la espalda a la causa.

¿Acaso siempre funciona así? Hoy presentamos el caso de un futbolista que hace replantearnos este principio: Hablamos de Nery Domínguez, aquel mediocampista que pasó de Independiente a Racing sin escalas, algo que hizo que nadie por estos pagos se hiciera demasiado problema.

¿Por qué? Es muy probable que sea porque el ex Rosario Central no era un miembro clave de la plantilla. Las mieles de la Copa Sudamericana estaban en alza, la excitación por el título era infinita, y su partida era apenas una ínfima nota al pie de página. Extrañamente, esto hizo nacer algunos rastros de empatía hacia él. “Y bueno, tiene que jugar en algún lado”. Nadie estaba dolido, desilusionado o confundido. Nadie le prestó demasiada atención. La vida continuó. Nery es futbolista, juega al fútbol, vive de él, y en el cuadro de enfrente, mal que nos pese, se juega a la pelota. Chau Nery, suerte.

¿Es Nery Domínguez una excepción a la regla? ¿Acaso su imagen envuelto en rojo ha sido extraviada por nuestra memoria? ¿Nery jugó en Independiente? Fallas en nuestra mente que algún día comprenderemos. O quizás no.