Es una jornada de fútbol en el Libertadores de América. El rojo inunda las inmediaciones del estadio. Cánticos, expectativa y fraternidad, aromas que se perciben en Avellaneda cuando nos encontramos en vísperas de un partido del Diablo. Aunque… ¿acaso eso es lo único que olfatea en el aire? Para nada: Los puestos de comida rostizan, empanan y saborizan la deliciosa comida que oficia de aperitivo antes de encaminarse en el sendero rumbo a las gradas. Hoy, en Informe Independiente, hablamos del #Morfi de cancha.

Darío “Chipi” Gandín preparando un gran asado. (Facebook)

Aproximarse a pie al estadio significa visibilizar focos de humaredas a los costados de las calle. Y no es que Ricardo Caruso Lombardi ande dando cátedra por acá (?), sino que las parrillas dan rienda suelta al delirio gastronómico direccionando los chorizos que se cocinan con los fanáticos hambrientos como testigos. Un clásico choripán es una forma clásica pero placentera de afrontar la previa de un duelo. Aquellos que prefieren evitar dicha comida alegando temor sentir problemas estomacales… no merecen ser llamados amigos.

Claro que el asado exhibe múltiples opciones, consagrándose como predilecta del paladar independentista, la gloriosa bondiola a la pizza. Al pan, bien grasosa y destinada a saciar el apetito y complicarle la vida a las arterias de nuestro cuerpo. ¡Pero por cuatro días locos que vamos a vivir, que nos vamos a hacer drama!

 

Los famosos patys de cancha

No podemos irnos de la parrilla sin hacer énfasis en el mítico paty de cancha. Medio frío, algo seco, con pan de la época en donde atajaba Faryd Mondragón (?), y sin embargo, llenador y delicioso. Por algún motivo, mucho más deseoso al salir del estadio que durante el ingreso. La hamburguesa en la cancha puede tener un paralelismo con el bajón post boliche. Cuanto más austera sea la preparación de la carne, más mística. El patyes a medio cocer y de gusto dudoso. Y sabe mejor si se gana, por supuesto.

 

Cariñosamente le podemos adjudicar el nombre de milanesa indescifrable a los sánguches de milanga que algunos bienaventurados venden a los transeúntes rojizos. Carne apanada y embolsada bien frita y aceitosa, no por eso menos exquisita. Aquel que esquiva la asadera puede degustar por un módico precio, aunque claro, es una experiencia a elegir. ¿Alguna vez alguien probó una de esas? Avise.

 

La pizza tiene una índole especial, ya que las esquinas que vigilan al Libertadores están bien nutridas de pizzerías dispuestas a vender una deliciosa muzzarella triangular –o cuadrada- a los hinchas con apetito. Las ofertas se dan por doquier, y los platos son remplazados por servilletas o sino, directamente, a la palma de la mano. Sin embargo, el ritual de la pizza suele darse también a horas de que arranque el cotejo: Acomodarse en una mesa, pedir una birra helada y comenzar a devorar los cartones de muzzarella. ¿No hay mesa? Entonces a sentar el trasero en el cordón de la vereda, mi amigo. La pizzería empieza a desbordarse de gente. ¿Y si el queso se acaba? ¡Aquí es cuando la entrañable pizza de cancha toma lugar! Masa seca con salsa de tomate. Y al buche, simple y claro.

Papas con cheddar en el LDA.

 

No podríamos concluir este artículo sin dar lugar a la disputa entre populares y divinas (?) que se da tanto en nuestro estadio como en las demás cancha de primer orden en el fútbol argentino: Comida fuera de la cancha vs. Comida dentro de la cancha. En la calle, el precio es uno. Pero al acceder al estadio, el sponsoreo de una cadena de comidas puede monopolizar cualquier clase de elección. Y el bolsillo lo sabe. ¿Qué se hace entonces? O se traga saliva para mermar el ronroneo del estómago, o se invierte un buen dinero en saciar el hambre.

 

Y si de #Morfi de cancha hablamos, ¿vos con cuál te quedás?